miércoles, 2 de abril de 2014

Noche de teatro (cuento)

El programa consistía en un concierto de Mozart y la Sinfonía Nº 3 de Beethoven, llamada Heroica. Sí, aquella de la que se cuenta que el compositor dedicó a Napoleón pero después, al autoproclamarse éste emperador, decidió retirar la dedicatoria. Cuando llegamos, la fila para entrar al teatro era considerable, aunque avanzaba con rapidez. De todos modos, tal como lo había imaginado, los mejores lugares habían sido ya ocupados y tuvimos que subir hasta el cuarto piso, desde donde los músicos se veían muy pequeños.

“La función comenzará en quince minutos”, dijo una voz por el altoparlante. Nos acomodamos lo mejor posible, pero en ese sector había muchos estudiantes, más jóvenes que nosotros, que se movían todo el tiempo y hacían crujir el piso de madera. Además, los que estaban inmediatamente delante de nosotros, un poco más abajo, se apoyaban en la baranda y obstruían parte de la visión. Y Doris estaba resfriada y, por lo tanto, un poco decaída.

“La función comenzará en diez minutos”, dijo la voz, recordándome a la cuenta regresiva en el lanzamiento de un cohete. Los músicos, que eran más de treinta, afinaban sus instrumentos cuando apareció el director y fue recibido por fuertes aplausos. Los jóvenes que nos rodeaban seguían moviéndose y algunos filmaban en dirección al escenario con sus celulares. “La función comenzará en cinco minutos”, dijo de nuevo la voz. “Solicitamos que apague su celular”.

La función, por fin, comenzó. La música del concierto de Mozart no parecía tan bella como, digamos, su Sinfonía Nº 40, pero de todos modos era agradable. Al finalizar el primer movimiento, y mientras todavía se escuchaban los aplausos, unos seis o siete jóvenes, los de la fila de adelante, comenzaron a levantarse para irse. Alguien les dijo desde atrás de nosotros: “¿Se van todos?” “Sí, todos”, dijo uno de los jóvenes.

Doris y yo empezamos a sentir calor. Yo me quité el pulóver y Doris se abanicaba con las hojas del programa. Un grupo de personas ocupó el lugar que había quedado vacío adelante mientras los músicos, luego de templar nuevamente sus instrumentos, continuaron con el concierto de Mozart. Después de cada movimiento los músicos dedicaban unos minutos para afinar sus instrumentos; nosotros nos preguntábamos si eso era normal.

Debió ser luego de esta obra cuando hubo un solo de violín. Al finalizar el solo, el violinista se inclinó repetidas veces para recibir los aplausos; parecía que cada vez lo hacía con mayor satisfacción, inclinando el tórax con movimientos rápidos e incompletos y describiendo un ángulo que sólo llegaba a los 45º. La temperatura nos parecía también de 45º, los jóvenes se movían y charlaban, el suelo crujía y Doris se hallaba muy congestionada.

La noche continuó, como estaba previsto, con la sinfonía de Beethoven. Al finalizar el segundo o tercer movimiento, algunos desprevenidos comenzaron a aplaudir, pero el director, elevando un poco los brazos con cierta tensión, indicó que la obra no había concluido. “¿Faltará mucho para que termine”, preguntó Doris. “No creo, ya tiene que estar por terminar”, dije, mientras pensaba: “¿Cuántos movimientos tiene esta bendita sinfonía? ¿Cinco? ¿Seis?”

Después supe que, como es habitual en las sinfonías clásicas, esta obra tiene también cuatro movimientos. Mi confusión se produjo al creer que el concierto de Mozart constaba de una sola parte; de ahí que comenzara a contar los movimientos de la sinfonía de Beethoven cuando aún se ejecutaba la obra de Mozart.

Sea como fuere, la función terminó al fin y se escucharon otra vez los aplausos, esta vez oportunos. Al salir, respiramos con alivio el aire fresco de la noche y fuimos a cenar a un lugar cercano. Al poco tiempo notamos que, al igual que en el teatro, el piso era de madera y, como es natural, crujía y se movía cuando los mozos caminaban por él; unos diez minutos después comenzó a escucharse la melodía de una composición clásica; más tarde empezamos a sentir calor…

viernes, 1 de noviembre de 2013

SERENO SAM ¿MASÓN ERES? (sobre los palíndromos)

Se atribuye a Sótades, poeta satírico griego del siglo III a. C., la invención de ese curioso tipo de frases que se leen igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda: los palíndromos. No obstante, no se conservan muestras de aquella época. En Herculano, ciudad sepultada por las cenizas del Vesubio en el año 79, fue encontrado un grafito que contiene la siguiente sentencia en latín:

S   A   T   O   R
A   R   E   P   O
T   E   N   E   T
O   P   E   R   A
R   O   T   A   S

Se trata de un notable ejemplo de palíndromo, ya que la lectura puede realizarse igualmente desde la S inicial hacia abajo y a la derecha, y desde la S final hacia arriba y a la izquierda. Puede traducirse como "El sembrador Arepo guía las ruedas con destreza".

El cuadrado Sator
Los palíndromos, considerados con frecuencia un simple juego, no han tenido demasiados cultivadores a través de los tiempos. Uno de los más antiguos fue el emperador de Oriente León VI el Sabio (866-912), a quien se deben veintiséis frases palindrómicas. Una de ellas, famosa por haber sido inscripta en numerosas iglesias europeas, expresa: NIPSON ONOMEMATA ME MONON OSPIN, que significa: "Lavad vuestros pecados, no sólo vuestra cara".

Posteriormente, franceses, alemanes y, sobre todo, ingleses, se contaron entre los más asiduos cultores de esta curiosidad de la lengua. En español, el palíndromo más célebre tal vez sea la frase DÁBALE ARROZ A LA ZORRA EL ABAD.

Al hablar de palíndromos en español, se hace difícil no mencionar el nombre de Juan Filloy (1894-2000). Este escritor cordobés fue un apasionado de la palindromía y en su obra Karcino (1988), subtitulada "Tratado de palindromía", brinda un interesante ensayo sobre el tema, a la vez que ofrece un amplio ejemplario de palíndromos de su invención. Allí pueden leerse reflexiones como la siguiente:

La palindromía es diurna y nocturna, simultáneamente. Un sol extraño -un sol semiótico- ilumina su claridad expresiva y su sombra gemela. La lectura natural visible se sume en la sombra de caracteres gráficos iguales. Mas la paradoja se esclarece leyendo retrospectivamente. Así, lo que fue nítido al principio se torna diferente sin haber dejado de ser idéntico. Éste es el portento singular de la palindromía: convertir la locución o la frase en un riguroso y vigente juego de metaplasmos.

Juan Filloy en 1971
Filloy escribió que él era "el primer palindromista del mundo, a través de todas sus épocas, de todos los idiomas y de todas las latitudes del espíritu". Y sin duda durante mucho tiempo lo fue, habiendo compuesto, al parecer, unas diez mil frases palíndromas. En la actualidad ha sido superado en cantidad, aunque no es muy probable que haya -al menos en lengua española- una obra similar a su tratado de palindromía. Por otra parte, este escritor argentino parecía estar signado por todo tipo de récords: vivió 105 años, por ejemplo, y los títulos de todas sus obras constan de siete letras: Op Oloop (1934), Caterva (1938), Yo, yo y yo (1971), etc.

Filloy decía que en los textos palindrómicos "no se computan grafías de signos, acentos y puntuación. Esta misma se emplea parcamente, o no se emplea (...)", aunque otros han escrito este tipo de frases colocando tildes. Transcribo algunos de sus palíndromos:

SERENO SAM ¿MASON ERES?

¿ACASO CITAN A FANATICOS ACA?

SI: ESA DEMAGOGA ME DA SEIS

¡ANA, SALUD! ¡EMERGE LA ALEGRE MEDULA SANA!

ISA, YO, SOLA, VERANEO EN AREVALO. SOY ASI...

A CESARINO CASI LE MATA MELISA CON IRA SECA

EN EL RAMADAN, SAIRA. (HOY AL SOSLAYO HARAS NADA, MARLENE)

ETNA DESAYUNO A LA TURBA BRUTA. LA ONU YA SEDANTE

SEVERO REVES AL OSADO TRAMITE DE TIMAR TODA SOLA. ¡SEVERO REVES!

¿OYO, BEDEL? TELMA HA ROTO MI MOTOR. (A HAMLET LE DEBO YO)

El compositor español Víctor Carbajo ofrece en su página web la descarga gratuita de un libro electrónico de 1.731 páginas con 100.001 palíndromos en español, de los cuales 60.202 son de su invención y el resto de otros autores.

Hace varios años, durante un período de poca inspiración, tuve la idea de dedicarme a componer palíndromos. El resultado fue un pequeño libro titulado 151 palíndromos y un cuento palindrómico, que publiqué en edición digital en 2007. Muchos de esos palíndromos están también en el libro de Carbajo. A continuación muestro una selección de los mismos. El penúltimo consta de veinte palabras; el último, el más extenso que escribí, de veintidós.

RAMO OTOMANO: DONA MOTO OMAR

A ESE, DANI: SÓLO GOLOSINA DESEA

A JAPÓN NO LLEVO VELLÓN, NO: PAJA

¡AH, CRAM! LA PAPELERA... HARÉLE PAPAL MARCHA

SODA, GEL: A DANILO MOLINA DA LEGADOS

SOÑÉ, RUSO: O DASE VERNE ENREVESADO O SUREÑOS

AIROSA, O DA CORBATA O ATA BROCADO A SORIA

YO HOY, ODET, SUEÑO SOÑÉ: USTED O YO HOY

AJÉ, DEJA... POR ODIAR ALUMNO CON MULA, RAÍDO ROPAJE DEJA

YO HALLÉ A NORA RITA. LA TIRARON A ELLA HOY

OÍ METAL, LATA. BALZAC AYER OYÓ: REY ACAZ LA BATALLA TEMIÓ

 A MÍ, CLAUDE DEBUSSY, "LA MER"... REMA LYS, SUBE DE DUAL CIMA
 
SAM, A TÍ: ¡POCA RISA A JOEL O LEO, JA... ASIRÁ! COPITA MÁS...

SAL: O SE CORTA O SE ARA, PERO ¡AY, ASÍ PÉTALO OLA TE PISA YA! ORE PARA ESO. ¡ATROCES OLAS!

AMÉ A ANA, A NINA, NORA, A... ¿ERES O NO ERES? ¿SERÉ O NO SERÉ? AARÓN A NIN, A ANA, A EMA

sábado, 26 de octubre de 2013

Nueva visita a "Secuestrado"

El recuerdo que tenía hasta hace poco tiempo de Secuestrado, novela de Robert Louis Stevenson, era feliz y algo borroso. Feliz porque se trataba de un libro que había disfrutado, y borroso porque lo había leído hacía mucho tiempo, durante la adolescencia. En una nueva lectura, el primer atributo se ha conservado; pero además, ahora tendré un recuerdo más definido.

Secuestrado, cuyo título original es Kidnapped, se publicó por primera vez en 1886. Lleva un largo subtítulo: "Memorias de las aventuras de David Balfour en el año 1751: Cómo fue secuestrado y naufragó; sus sufrimientos en una isla desierta; su viaje a las salvajes Highlands; su encuentro con Alan Breck Stewart y otros célebres jacobitas de las Highlands; con todo lo que sufrió a manos de su tío Ebenezer Balfour falsamente llamado de Shaws; escrito por él mismo y ahora presentado por Robert Louis Stevenson". Como puede notarse, se trata de una novela de aventuras; en este caso, basada en un episodio de la historia escocesa.

David Balfour en la isla de Earraid.
Pintura al óleo de C. N. Wyeth (1913)

Las aventuras de David Balfour se desarrollan, como expresa el subtítulo, en un período en el que aún estaban vivas las secuelas de la guerra civil que había enfrentado a los jacobitas (partidarios del destronado rey Jacobo) con el trono inglés de los Hannover. Pero mientras que Alan Breck, compañero de aventuras de David (y personaje real), es el típico highlander jacobita, que lucha contra lo que considera una injusticia histórica, Balfour es un ejemplo de "lowlander", habitante de las tierras bajas y un tanto indiferente respecto de la "monarquía usurpadora".

Entre las impresiones dejadas por la lectura, podría citar lo que percibí como una influencia de El progreso del peregrino, de John Bunyan, obra que Stevenson solía mencionar. Cuando David camina en solitario antes de su encuentro con Alan, se topa con varios personajes que me recordaron a los de Bunyan. Otra cuestión notable es lo bien logrados que están los sentimientos y las reacciones de los personajes principales, en especial en el capítulo XXIV, que describe una disputa entre ambos amigos.

Por último, hay que destacar la belleza de la prosa de Stevenson. Los críticos suelen hablar de la "difícil sencillez" de su prosa, producto del trabajo a través de los años. En este sentido, puede notarse la progresiva depuración de su estilo desde una obra temprana como Nuevas noches árabes (1882) hasta su inacabada obra maestra Weir de Hermiston (1896).

Escrita en teoría como una novela para adolescentes, Secuestrado ha atraído la admiración de escritores tan distintos como Henry James, Jorge Luis Borges y Seamus Heaney. Sin embargo, y aunque la obra figura por lo general entre las principales de Stevenson, no es demasiado fácil encontrar nuevas ediciones de la misma, al menos en español. En 1893 se publicó una continuación de esta novela, Catriona.

lunes, 21 de octubre de 2013

El escritor y el método (minicuento)

Hay escritores que no comienzan a escribir un relato si no tienen en su mente la estructura completa de la historia. Pueden faltar los detalles, pero lo principal está. Otros se lanzan a escribir teniendo sólo una frase. Yo siempre he pertenecido al primer grupo.

Años atrás, se me podía ocurrir un argumento mientras me duchaba o en una noche de insomnio. En ese sentido, muchas veces las noches de insomnio no representaban una total pérdida de tiempo. Ahora, lo único que obtengo de una noche de insomnio es estar todo el día con movimientos de autómata.

Hace algunas semanas leí un artículo de Raymond Carver que trata, justamente, de la escritura de cuentos. El artículo me impactó, porque él pertenecía al primer grupo pero después pasó al otro. Hablando de la primera vez que usó ese método -es decir, el que consiste en no tener la historia completa al momento de empezar a escribirla-, explicaba que después de la primera frase brotaron otras complementarias, y que había escrito el relato como si escribiera un poema: una línea, y otra debajo, y otra más.

Como dije, el artículo me impactó. Me asombró que un escritor pudiera pasarse al otro grupo, pero no se me cruzaba por la cabeza la idea de que yo pudiera escribir así. Al mismo tiempo, no podía escribir nada con mi método habitual.

Después de muchos días intentando imaginar un argumento completo, he decidido probar. Siento que ya no puedo escribir con el método de siempre. Pero si no puedo hacerlo de esta nueva forma, estaré perdido: no podré escribir más cuentos y tendré que limitarme a escribir artículos y cosas por el estilo.

Entregado a la situación, abro el cuaderno por donde empieza una hoja en blanco, tomo la lapicera -no me gusta escribir el borrador en computadora- y escribo la primera frase, la única que tengo en mente. ¿Podré completar la historia?

jueves, 17 de octubre de 2013

La vuelta al mundo en algunos títulos

Algunas veces he pensado que la gente da demasiada importancia a los títulos a la hora de decidirse a leer un libro, y que por eso deja de lado algunas buenas obras que tal vez no cuentan con un título muy llamativo. Parece cierto que, por lo general, un buen libro tiene un título igualmente bueno, pero esto no siempre es así.

Detrás de muchos títulos famosos hay historias bastante menos conocidas. El título que había elegido Herman Melville para su obra más célebre, Moby Dick, era el insulso "La ballena", y el que Gabriel García Márquez había imaginado para su también libro más célebre, Cien años de soledad, era "La casa". En el primer ejemplo, fueron los editores los que decidieron reemplazar el título; en el segundo, el propio autor tuvo la acertada idea de modificarlo antes de enviar la obra a una editorial.

Un tipo de título que suele provocar un buen efecto es el que une dos sustantivos mediante la partícula "y": Orgullo y prejuicio, de Jane Austen; La guerra y la paz, de Lev Tolstoi; Crímen y castigo, de Fedor Dostoievski; El ruido y la furia, de William Faulkner. A su vez, éste último está tomado de un verso de Macbeth, la obra de Shakespeare.

¿Sueñan los androides con ovejas
eléctricas?
, de Philip Dick
Los trabajos y los días se titula una obra del poeta griego Hesíodo. Marcel Proust sustituyó una de las palabras de ese título para nombrar a su primera publicación: Los placeres y los días. Finalmente, la argentina Alejandra Pizarnik reemplazó la otra palabra principal del título de Hesíodo para dar lugar al título de uno de sus principales libros de poemas: Los trabajos y las noches.

Un ejemplo similar, pero tal vez más curioso, es el vinculado a un libro de Julio Cortázar. Tomando el título de una de las obras más conocidas de Jules Verne, La vuelta al mundo en ochenta días, Cortázar invirtió dos de sus términos para titular una obra miscelánea como La vuelta al día en ochenta mundos.

Hay ciertos títulos que -aunque con el tiempo nos resulten familiares- parecen deliberadamente extraños, como ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, novela de Philip Dick llevada al cine con el título de Blade Runner, o La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. Algunos títulos de colecciones de cuentos de Raymond Carver incluyen la repetición de una palabra, como ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? o De qué hablamos cuando hablamos de amor.

Termino con una cita de Hemingway: "Después de terminar un cuento o un libro, escribo una gran lista de títulos tentativos. He llegado a escribir hasta cien. Luego, comienzo a eliminar los que no me gustan, uno por uno. La mayoría de las veces, lamentablemente, los descarto a todos."

domingo, 13 de octubre de 2013

Breve historia de mi biblioteca

Al volver mentalmente al pasado para descubrir los orígenes de mi biblioteca personal, encuentro que éstos se remontan a mis diez años. Como he relatado en otra ocasión, para mi cumpleaños número diez un compañero de la escuela me regaló un libro que sólo leí al año siguiente. A partir de entonces, el tiempo y -de algún modo misterioso- las circunstancias hicieron el resto.

Algunos de los libros cuya lectura
me resultó especialmente agradable
Entre los primeros autores que leí se encontraban el francés Jules Verne (más conocido en los países de habla hispana como Julio Verne), el estadounidense Mark Twain y el escocés Robert L. Stevenson, entre otros, a los que todavía suelo releer con interés. Muchas veces leía las obras de estos escritores en adaptaciones para jóvenes, por lo cual no podía apreciar cabalmente el verdadero carácter y estilo de las mismas. Con el tiempo, fui reemplazando muchos de estos libros por ediciones completas, pero aún conservo algunos ejemplares de estas primeras adquisiciones. Por otra parte, había ediciones para jóvenes pero sin abreviar y en buenas traducciones, como la bella colección "Mis libros" de la editorial Hyspamérica.

Durante el secundario, que realicé en Villa Carlos Paz, el espectro de mis lecturas empezó a ampliarse. Algunas tareas para el colegio -pese a tratarse de un colegio de orientación comercial- me hicieron acercarme al Martín Fierro, por ejemplo, o a María, del colombiano Jorge Isaacs, y también a escritores argentinos del siglo XX, como Ernesto Sabato y Julio Cortázar. Además, leí por mi cuenta una buena cantidad de autores, más o menos heterogénea, como Salgari, Dumas padre, Melville (Moby Dick), Lewis Wallace (Ben-Hur), Swift, Defoe, Bécquer y Saint-Exupéry.

Ediciones de lujo
No sabría decir cuántos volúmenes tenía mi biblioteca al finalizar el secundario, pero supongo que no pasaría de cien. Porque fue precisamente en esta nueva etapa, la de estudiante en la universidad y de nuevo en la ciudad de Córdoba, cuando la biblioteca empezó a experimentar un mayor crecimiento, en cantidad y variedad. Además de continuar leyendo a algunos de los autores ya mencionados, conocí a muchos otros: ingleses e irlandeses, como John Bunyan (el autor de El progreso del peregrino), Joseph Conrad o James Joyce; estadounidenses como Hemingway; franceses como Dumas hijo; rusos como Gogol, Tolstoi o Chéjov; latinoamericanos como Neruda o García Márquez; argentinos como Borges, Bioy Casares y Lugones.

La carrera que había elegido había sido la bibliotecología, y poco después tuve la idea -la extraña idea, podría decirse- de ser escritor, de modo que mi vinculación con los libros y las bibliotecas no podía ser más estrecha. También comenzaron a interesarme, en cierta forma, las ediciones de calidad en cuanto a los aspectos externos del libro, por lo que suelo considerarme además un bibliófilo aficionado.

Volúmenes que podrían entrar en la
categoría de libros curiosos
Una visión rápida de los estantes de la biblioteca -organizada en general siguiendo la Clasificación Decimal Universal, aunque con algunas modificaciones- da una idea de mis preferencias. La literatura británica ocupa tres estantes y destacan, por la cantidad, las obras de Stevenson; la estadounidense, dos estantes. La literatura alemana no llega a un estante completo y lo comparte con algún escritor suizo, sueco y noruego. Los franceses llenan siete estantes, aunque más de cinco están dedicados a Verne (algunas de sus obras en más de una edición). Italianos y españoles llenan un estante y medio y los rusos un estante. La literatura argentina ocupa tres estantes y otros latinoamericanos un estante más, con escritores mexicanos, cubanos, peruanos, uruguayos, etc. Otras literaturas, apenas representadas, son la polaca, la checa, la árabe o la japonesa.

Vista parcial de la biblioteca
Fuera del ámbito estrictamente literario, la biblioteca posee obras de bibliotecología, filosofía, psicología, religión, biografías, historia y obras de referencia, como enciclopedias temáticas y alfabéticas, diccionarios biográficos, etc. En el presente, la colección consta de unos 670 volúmenes y también, como es natural, cuenta con discos de música y películas, entre las que se encuentran filmes de Orson Welles, Ingmar Bergman y Roman Polanski.

En esta breve descripción he omitido a muchos escritores apreciados, también representados en mi biblioteca. Algunos de ellos son: W. H. Hudson, William Saroyan, Selma Lagerlöf, Guy de Maupassant, André Maurois, Umberto Eco, Miguel de Cervantes, Alexandr Solzhenitsyn.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Chéjov y otras relecturas

"Creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído", expresó una vez Jorge Luis Borges. No sé cuál de estas actividades puede considerarse más importante, pero lo que sé es que volver a leer un libro puede ser una experiencia tan interesante como leerlo por primera vez.

Hace un tiempo me propuse releer algunas obras que había leído en el pasado y el resultado fue, en algunos casos, sorpendente. Por ejemplo, disfruté considerablemente de la relectura de Viaje al centro de la Tierra, de Verne, y me decepcionó un poco una obra como La invención de Morel, de Bioy Casares, que en la primera lectura me había parecido mucho más atractiva. (Hay que agregar aquí que muchas de las versiones cinematográficas que se hacen de Verne tienen muy poco que ver con sus libros; tal es el caso de la adaptación que se hizo hace algunos años de la mencionada novela.)

De los cuentistas clásicos, experimenté una mayor fruición volviendo a leer a Maupassant que intentando leer los Cuentos completos del celebérrimo Edgar Allan Poe. Es innegable que Poe escribió muchos cuentos excelentes, como "Manuscrito hallado en una botella" o "El corazón delator", pero en su obra hay también varios relatos paródicos que, probablemente, han perdido cierto interés. Tal vez sea mejor leer una buena selección de los cuentos del escritor norteamericano que proceder a la lectura de la totalidad de sus relatos.

Antón P. Chéjov
Entre los autores que proyecto volver a leer se encuentra, también, Antón Chéjov (1860-1904). Este escritor ruso destacó de forma excepcional en la doble faceta de dramaturgo y cuentista, dejando tras su breve vida numerosos relatos. La lectura de una selección de sus cuentos (Cuentos imprescindibles), hace ya varios años, fue en general una experiencia agradable. Recuerdo cómo muchas veces podía sentirme identificado con los sentimientos de sus personajes, a pesar de pertenecer a otra época y a otra cultura. Algunos de sus cuentos son buenos ejemplos de historias tristes, pero Chéjov tenía una gran capacidad para retratar situaciones y sentimientos. Destacó, de igual forma, en los aspectos técnicos de la escritura.

Por lo dicho más arriba, sin embargo, puede llegarse a la conclusión de que, si antes de leer un libro por primera vez no sabemos con qué nos encontraremos, aunque hayamos leído o escuchado ya algún comentario, al volver a leer una obra leída tiempo atrás la situación no parece ser muy distinta. Tal vez sepamos de forma aproximada con qué nos encontraremos, pero no podemos saber exactamente cómo reaccionaremos frente a la lectura en esta nueva ocasión.

Todo esto me lleva a preguntarme: ¿Qué me depararán esta vez los cuentos de Chéjov?