Mostrando las entradas con la etiqueta Literatura universal. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Literatura universal. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de mayo de 2014

Microantología de microcuentos

El microcuento —llamado también microficción, microrrelato o minicuento— es un cuento ultracorto que, por lo común, dice mucho en pocas palabras. No debe confundirse con otros géneros breves, como el aforismo, ya que el microcuento, por breve que sea, posee siempre un clima narrativo.

Aunque es un género muy antiguo, ha sido cultivado especialmente a partir del siglo XX. Lo que sigue es una pequeña antología de microcuentos.

El sueño de Chuang Tzu
Chuang Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre.
Herbert Allen Giles

El diálogo ocurrió en Adrogué. Mi sobrino Miguel, que tendría cinco o seis años, estaba sentado en el suelo, jugando con la gata. Como todas las mañanas, le pregunté:
—¿Qué soñaste anoche?
Me contestó:
—Soñé que me había perdido en un bosque y que al fin encontré una casita de madera. Se abrió la puerta y saliste vos.— Con súbita curiosidad me preguntó: —Decime, ¿qué estabas haciendo en esa casita?
Francisco Acevedo

Cuento de arena
Un día la ciudad desapareció. De cara al desierto y con los pies hundidos en la arena, todos comprendieron que durante treinta largos años habían estado viviendo en un espejismo.
Jairo Aníbal Niño

El dinosaurio
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
Augusto Monterroso

Me bañé, afeité, vestí; me miré al espejo. “¡Vamos!”, le dije a mi agorafobia, y salimos juntos a dar un paseo por el parque.
Enrique Anderson Imbert

Motivo literario
Le escribió tantos versos, cuentos, canciones y hasta novelas que una noche, al buscar con ardor su cuerpo tibio, no encontró más que una hoja de papel entre las sábanas.
Mónica Lavín

Caso
La cabra encontró unas hojas de la Ilíada, y se las comió. Pero no baló en verso.
Álvaro Yunque

Tranvía
Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. “Amplia sonrisa, caderas anchas… una madre excelente para mis hijos”, pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.
Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.
Dudó. Ella bajó.
Se sintió divorciado: “¿Y los niños, con quién van a quedarse?”.
Andrea Bocconi

69
Despiértese, que es tarde, me grita desde la puerta un hombre extraño. Despiértese usted, que buena falta le hace, le contesto yo. Pero el muy obstinado me sigue soñando.
Ana María Shua

Nadie es totalmente fuerte
El mismo lobo tiene momentos de debilidad, en que se pone del lado del cordero, y piensa: Ojalá que huya.
Adolfo Bioy Casares

jueves, 17 de octubre de 2013

La vuelta al mundo en algunos títulos

Algunas veces he pensado que la gente da demasiada importancia a los títulos a la hora de decidirse a leer un libro, y que por eso deja de lado algunas buenas obras que tal vez no cuentan con un título muy llamativo. Parece cierto que, por lo general, un buen libro tiene un título igualmente bueno, pero esto no siempre es así.

Detrás de muchos títulos famosos hay historias bastante menos conocidas. El título que había elegido Herman Melville para su obra más célebre, Moby Dick, era el insulso "La ballena", y el que Gabriel García Márquez había imaginado para su también libro más célebre, Cien años de soledad, era "La casa". En el primer ejemplo, fueron los editores los que decidieron reemplazar el título; en el segundo, el propio autor tuvo la acertada idea de modificarlo antes de enviar la obra a una editorial.

Un tipo de título que suele provocar un buen efecto es el que une dos sustantivos mediante la partícula "y": Orgullo y prejuicio, de Jane Austen; La guerra y la paz, de Lev Tolstoi; Crímen y castigo, de Fedor Dostoievski; El ruido y la furia, de William Faulkner. A su vez, éste último está tomado de un verso de Macbeth, la obra de Shakespeare.

¿Sueñan los androides con ovejas
eléctricas?
, de Philip Dick
Los trabajos y los días se titula una obra del poeta griego Hesíodo. Marcel Proust sustituyó una de las palabras de ese título para nombrar a su primera publicación: Los placeres y los días. Finalmente, la argentina Alejandra Pizarnik reemplazó la otra palabra principal del título de Hesíodo para dar lugar al título de uno de sus principales libros de poemas: Los trabajos y las noches.

Un ejemplo similar, pero tal vez más curioso, es el vinculado a un libro de Julio Cortázar. Tomando el título de una de las obras más conocidas de Jules Verne, La vuelta al mundo en ochenta días, Cortázar invirtió dos de sus términos para titular una obra miscelánea como La vuelta al día en ochenta mundos.

Hay ciertos títulos que -aunque con el tiempo nos resulten familiares- parecen deliberadamente extraños, como ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, novela de Philip Dick llevada al cine con el título de Blade Runner, o La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. Algunos títulos de colecciones de cuentos de Raymond Carver incluyen la repetición de una palabra, como ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? o De qué hablamos cuando hablamos de amor.

Termino con una cita de Hemingway: "Después de terminar un cuento o un libro, escribo una gran lista de títulos tentativos. He llegado a escribir hasta cien. Luego, comienzo a eliminar los que no me gustan, uno por uno. La mayoría de las veces, lamentablemente, los descarto a todos."

domingo, 13 de octubre de 2013

Breve historia de mi biblioteca

Al volver mentalmente al pasado para descubrir los orígenes de mi biblioteca personal, encuentro que éstos se remontan a mis diez años. Como he relatado en otra ocasión, para mi cumpleaños número diez un compañero de la escuela me regaló un libro que sólo leí al año siguiente. A partir de entonces, el tiempo y -de algún modo misterioso- las circunstancias hicieron el resto.

Algunos de los libros cuya lectura
me resultó especialmente agradable
Entre los primeros autores que leí se encontraban el francés Jules Verne (más conocido en los países de habla hispana como Julio Verne), el estadounidense Mark Twain y el escocés Robert L. Stevenson, entre otros, a los que todavía suelo releer con interés. Muchas veces leía las obras de estos escritores en adaptaciones para jóvenes, por lo cual no podía apreciar cabalmente el verdadero carácter y estilo de las mismas. Con el tiempo, fui reemplazando muchos de estos libros por ediciones completas, pero aún conservo algunos ejemplares de estas primeras adquisiciones. Por otra parte, había ediciones para jóvenes pero sin abreviar y en buenas traducciones, como la bella colección "Mis libros" de la editorial Hyspamérica.

Durante el secundario, que realicé en Villa Carlos Paz, el espectro de mis lecturas empezó a ampliarse. Algunas tareas para el colegio -pese a tratarse de un colegio de orientación comercial- me hicieron acercarme al Martín Fierro, por ejemplo, o a María, del colombiano Jorge Isaacs, y también a escritores argentinos del siglo XX, como Ernesto Sabato y Julio Cortázar. Además, leí por mi cuenta una buena cantidad de autores, más o menos heterogénea, como Salgari, Dumas padre, Melville (Moby Dick), Lewis Wallace (Ben-Hur), Swift, Defoe, Bécquer y Saint-Exupéry.

Ediciones de lujo
No sabría decir cuántos volúmenes tenía mi biblioteca al finalizar el secundario, pero supongo que no pasaría de cien. Porque fue precisamente en esta nueva etapa, la de estudiante en la universidad y de nuevo en la ciudad de Córdoba, cuando la biblioteca empezó a experimentar un mayor crecimiento, en cantidad y variedad. Además de continuar leyendo a algunos de los autores ya mencionados, conocí a muchos otros: ingleses e irlandeses, como John Bunyan (el autor de El progreso del peregrino), Joseph Conrad o James Joyce; estadounidenses como Hemingway; franceses como Dumas hijo; rusos como Gogol, Tolstoi o Chéjov; latinoamericanos como Neruda o García Márquez; argentinos como Borges, Bioy Casares y Lugones.

La carrera que había elegido había sido la bibliotecología, y poco después tuve la idea -la extraña idea, podría decirse- de ser escritor, de modo que mi vinculación con los libros y las bibliotecas no podía ser más estrecha. También comenzaron a interesarme, en cierta forma, las ediciones de calidad en cuanto a los aspectos externos del libro, por lo que suelo considerarme además un bibliófilo aficionado.

Volúmenes que podrían entrar en la
categoría de libros curiosos
Una visión rápida de los estantes de la biblioteca -organizada en general siguiendo la Clasificación Decimal Universal, aunque con algunas modificaciones- da una idea de mis preferencias. La literatura británica ocupa tres estantes y destacan, por la cantidad, las obras de Stevenson; la estadounidense, dos estantes. La literatura alemana no llega a un estante completo y lo comparte con algún escritor suizo, sueco y noruego. Los franceses llenan siete estantes, aunque más de cinco están dedicados a Verne (algunas de sus obras en más de una edición). Italianos y españoles llenan un estante y medio y los rusos un estante. La literatura argentina ocupa tres estantes y otros latinoamericanos un estante más, con escritores mexicanos, cubanos, peruanos, uruguayos, etc. Otras literaturas, apenas representadas, son la polaca, la checa, la árabe o la japonesa.

Vista parcial de la biblioteca
Fuera del ámbito estrictamente literario, la biblioteca posee obras de bibliotecología, filosofía, psicología, religión, biografías, historia y obras de referencia, como enciclopedias temáticas y alfabéticas, diccionarios biográficos, etc. En el presente, la colección consta de unos 670 volúmenes y también, como es natural, cuenta con discos de música y películas, entre las que se encuentran filmes de Orson Welles, Ingmar Bergman y Roman Polanski.

En esta breve descripción he omitido a muchos escritores apreciados, también representados en mi biblioteca. Algunos de ellos son: W. H. Hudson, William Saroyan, Selma Lagerlöf, Guy de Maupassant, André Maurois, Umberto Eco, Miguel de Cervantes, Alexandr Solzhenitsyn.