Mostrando las entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de junio de 2014

La última aventura

En esta ocasión comparto con los lectores del blog el texto de contratapa de mi libro de cuentos La última aventura.

La problemática de la lectura y el lugar del lector; el juego apariencia/realidad; el amor y el desencanto; el fantástico cotidiano… Esta antología tiene algo de literatura y también algo de ritual mágico. Inexplicables en palabras, inteligibles en tanto experiencia, los relatos aquí reunidos prometen indicarnos derroteros que nos llevarán a descubrir lo que Daniel Pennac llamaba «la paradójica virtud de la lectura que consiste en abstraernos del mundo para encontrarle un sentido».
Eliseo Monteros nos invita al viaje. Nos abre las puertas de ese otro proceso de producción de sentido que tiene lugar desde la escritura, su escritura. Ningún sentido dado de antemano, ninguna lectura legítima, ninguna voz unívoca… allí está el placer de ese encuentro, entre nosotros, los lectores, y el autor, que solo requiere el goce de esa comunión en el espacio textual.

Este libro, como pocos, coloca al lector en un lugar privilegiado y le promete, sin margen de error, devolverlo a su mundo totalmente renovado.


El libro:
Monteros, Eliseo
La última aventura. 1a. ed. Córdoba: Ediciones del Boulevard, 2014
ISBN: 978-987-556-454-1

Ir a la página del libro en el sitio de la editorial.

miércoles, 2 de abril de 2014

Noche de teatro (cuento)

El programa consistía en un concierto de Mozart y la Sinfonía Nº 3 de Beethoven, llamada Heroica. Sí, aquella de la que se cuenta que el compositor dedicó a Napoleón pero después, al autoproclamarse éste emperador, decidió retirar la dedicatoria. Cuando llegamos, la fila para entrar al teatro era considerable, aunque avanzaba con rapidez. De todos modos, tal como lo había imaginado, los mejores lugares habían sido ya ocupados y tuvimos que subir hasta el cuarto piso, desde donde los músicos se veían muy pequeños.

“La función comenzará en quince minutos”, dijo una voz por el altoparlante. Nos acomodamos lo mejor posible, pero en ese sector había muchos estudiantes, más jóvenes que nosotros, que se movían todo el tiempo y hacían crujir el piso de madera. Además, los que estaban inmediatamente delante de nosotros, un poco más abajo, se apoyaban en la baranda y obstruían parte de la visión. Y Doris estaba resfriada y, por lo tanto, un poco decaída.

“La función comenzará en diez minutos”, dijo la voz, recordándome a la cuenta regresiva en el lanzamiento de un cohete. Los músicos, que eran más de treinta, afinaban sus instrumentos cuando apareció el director y fue recibido por fuertes aplausos. Los jóvenes que nos rodeaban seguían moviéndose y algunos filmaban en dirección al escenario con sus celulares. “La función comenzará en cinco minutos”, dijo de nuevo la voz. “Solicitamos que apague su celular”.

La función, por fin, comenzó. La música del concierto de Mozart no parecía tan bella como, digamos, su Sinfonía Nº 40, pero de todos modos era agradable. Al finalizar el primer movimiento, y mientras todavía se escuchaban los aplausos, unos seis o siete jóvenes, los de la fila de adelante, comenzaron a levantarse para irse. Alguien les dijo desde atrás de nosotros: “¿Se van todos?” “Sí, todos”, dijo uno de los jóvenes.

Doris y yo empezamos a sentir calor. Yo me quité el pulóver y Doris se abanicaba con las hojas del programa. Un grupo de personas ocupó el lugar que había quedado vacío adelante mientras los músicos, luego de templar nuevamente sus instrumentos, continuaron con el concierto de Mozart. Después de cada movimiento los músicos dedicaban unos minutos para afinar sus instrumentos; nosotros nos preguntábamos si eso era normal.

Debió ser luego de esta obra cuando hubo un solo de violín. Al finalizar el solo, el violinista se inclinó repetidas veces para recibir los aplausos; parecía que cada vez lo hacía con mayor satisfacción, inclinando el tórax con movimientos rápidos e incompletos y describiendo un ángulo que sólo llegaba a los 45º. La temperatura nos parecía también de 45º, los jóvenes se movían y charlaban, el suelo crujía y Doris se hallaba muy congestionada.

La noche continuó, como estaba previsto, con la sinfonía de Beethoven. Al finalizar el segundo o tercer movimiento, algunos desprevenidos comenzaron a aplaudir, pero el director, elevando un poco los brazos con cierta tensión, indicó que la obra no había concluido. “¿Faltará mucho para que termine”, preguntó Doris. “No creo, ya tiene que estar por terminar”, dije, mientras pensaba: “¿Cuántos movimientos tiene esta bendita sinfonía? ¿Cinco? ¿Seis?”

Después supe que, como es habitual en las sinfonías clásicas, esta obra tiene también cuatro movimientos. Mi confusión se produjo al creer que el concierto de Mozart constaba de una sola parte; de ahí que comenzara a contar los movimientos de la sinfonía de Beethoven cuando aún se ejecutaba la obra de Mozart.

Sea como fuere, la función terminó al fin y se escucharon otra vez los aplausos, esta vez oportunos. Al salir, respiramos con alivio el aire fresco de la noche y fuimos a cenar a un lugar cercano. Al poco tiempo notamos que, al igual que en el teatro, el piso era de madera y, como es natural, crujía y se movía cuando los mozos caminaban por él; unos diez minutos después comenzó a escucharse la melodía de una composición clásica; más tarde empezamos a sentir calor…

miércoles, 2 de octubre de 2013

Chéjov y otras relecturas

"Creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído", expresó una vez Jorge Luis Borges. No sé cuál de estas actividades puede considerarse más importante, pero lo que sé es que volver a leer un libro puede ser una experiencia tan interesante como leerlo por primera vez.

Hace un tiempo me propuse releer algunas obras que había leído en el pasado y el resultado fue, en algunos casos, sorpendente. Por ejemplo, disfruté considerablemente de la relectura de Viaje al centro de la Tierra, de Verne, y me decepcionó un poco una obra como La invención de Morel, de Bioy Casares, que en la primera lectura me había parecido mucho más atractiva. (Hay que agregar aquí que muchas de las versiones cinematográficas que se hacen de Verne tienen muy poco que ver con sus libros; tal es el caso de la adaptación que se hizo hace algunos años de la mencionada novela.)

De los cuentistas clásicos, experimenté una mayor fruición volviendo a leer a Maupassant que intentando leer los Cuentos completos del celebérrimo Edgar Allan Poe. Es innegable que Poe escribió muchos cuentos excelentes, como "Manuscrito hallado en una botella" o "El corazón delator", pero en su obra hay también varios relatos paródicos que, probablemente, han perdido cierto interés. Tal vez sea mejor leer una buena selección de los cuentos del escritor norteamericano que proceder a la lectura de la totalidad de sus relatos.

Antón P. Chéjov
Entre los autores que proyecto volver a leer se encuentra, también, Antón Chéjov (1860-1904). Este escritor ruso destacó de forma excepcional en la doble faceta de dramaturgo y cuentista, dejando tras su breve vida numerosos relatos. La lectura de una selección de sus cuentos (Cuentos imprescindibles), hace ya varios años, fue en general una experiencia agradable. Recuerdo cómo muchas veces podía sentirme identificado con los sentimientos de sus personajes, a pesar de pertenecer a otra época y a otra cultura. Algunos de sus cuentos son buenos ejemplos de historias tristes, pero Chéjov tenía una gran capacidad para retratar situaciones y sentimientos. Destacó, de igual forma, en los aspectos técnicos de la escritura.

Por lo dicho más arriba, sin embargo, puede llegarse a la conclusión de que, si antes de leer un libro por primera vez no sabemos con qué nos encontraremos, aunque hayamos leído o escuchado ya algún comentario, al volver a leer una obra leída tiempo atrás la situación no parece ser muy distinta. Tal vez sepamos de forma aproximada con qué nos encontraremos, pero no podemos saber exactamente cómo reaccionaremos frente a la lectura en esta nueva ocasión.

Todo esto me lleva a preguntarme: ¿Qué me depararán esta vez los cuentos de Chéjov?